Y aquel que quede libre de pecado, que lo cometa
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Quien diga que hay un mejor plan para un sábado por la tarde que no sea estar en casa descansando de la semana, miente. Y es que con el tiempo, los años y las formas de vida que llevamos, cambian las prioridades y lo que antes eran esas ganas irrefrenables de ponerte unos altos tacones, el vestido más corto y los labios más rojos y salir de copas hasta cerrar los locales más tardíos de la ciudad, ha quedado muy atrás.

Ahora es preferible una buena copa en casa, con el pijama o un buen conjunto de ropa interior, con una música tranquila y la cama al lado, unas cuantas velitas y toda la noche por delante. La edad, que ya no perdona. O que ya me he echado al vicio del bueno. Todo es cuestión de perspectiva.

El amor invade nuestra vida, no podemos vivir de espaldas a él. Y es que no sabemos cuándo ni dónde ni por qué. Desde bien pequeños, empezamos a sentir esas mariposas o “cosquillitas” por ese compañero o amigo del colegio, ese que nos mira más, ese que nos coge de la mano, ese con el que quieres hacer los deberes. Y luego van pasando los años, las hormonas con patas se disparan y te pasas las horas muertas delante del espejo para comprobar que no ser ha movido ni el último pelo, recorres cientos de tiendas, pides consejo a todas las amigas, si es más alto buscas tacones, si es más bajo te decantas por bailarinas, si le gusta la música te apuntas a todos los conciertos y escuchas todas las canciones de las que te habla, si le encantan los tatuajes te planteas hacerte uno. Todo sea por tener mucho más en común. Y buscas ese momento para encontrarte al salir de clase, te haces la despistada y le pides ayuda aunque sabes que no la necesitas, invitas a sus amigos para caerle bien a ellos… Y así suma y sigue. Esos mismos patrones que se repiten hasta que te das cuenta que nada de eso tiene sentido.

Y es que ese primer amor, es el inicio de muchos más que vendrán después. Porque no podemos olvidarnos que el primer amor, nunca desaparece, hasta que llega el último, porque pensamos que será el definitivo, y ponemos todos nuestros medios (incluidos los inimaginables), para que funcione. Yo recuerdo el mío. Uno de tantos, cómo no. Porque antes, era de enamoramiento fácil. Igual que me flechaba, se me iba. Era moreno, alto y de cuerpo atlético. Estaba estudiando ciencias y tenía unos cuantos años más que yo. Era algo así como el culmen de lo inalcanzable, el hombre por antonomasia, el sueño de todas las adolescentes que le rondaban. Era músico y además, de tocar en un grupo los domingos, era monitor de campamentos de verano.

En aquella época los mensajes de móvil y las conversaciones vía messenger eran lo más. Y entonces, al llegar de clase, encendías el ordenador, te conectabas, te ponías en ese modo de “Desconectado” y esperabas a que apareciera “En Línea”, para poder aparecer tu de repente y preguntarle por cualquier excusa absurda. Aunque lo verdaderamente importante y lo que considerabas una auténtica señal, era que te escribiera primero.

Entonces ya sabías que aquello era más de lo que parecía a simple vista. En aquellos tiempos, querías parecer tener más edad, porque claro, él era universitario, y no querías que te pidieran el carnet y que por ser una canija, te dejaran en ridículo. Eras toda una adolescente madura, con todas las de la ley. Aunque las hormonas gritaran lo contrario. Todo lo que querías era que llegara ese beso, poder contárselo a tus amigas y poco más. Nada de “Selfies” ni de “fotos de perfil”. Todo era más sencillo, era más cuestión de creer que de enseñar.

Quedó en nada. Hoy lo he visto en ese coche blanco, un Panda, con la pegatina de su grupo en la parte de atrás. Sigue teniendo ese pelo y esa sonrisa con la que nos conquistaba a todas. Esto de internet y de los tiempos, que hace que busques y encuentres, al poner su nombre completo en San Google, ha aparecido. Y lo más curioso es que mientras escribo esto, estoy escuchando su disco en Spotify. Igual que hace un par de años aproximadamente cuando me invitó a su concierto y volví a vivir aquellos años de juventud, de desenfreno, de copas los sábados, de ropa en la cama los viernes, de risas de domingos.

Tengo esa fotografía que nos hicimos (de las de carrete, de las que tenías que esperar a sacarla). Aquel primer amor, aquel por el que empezaron todos los demás. Y es que la vida es buscar hasta encontrar y es enamorarte y volverte a cautivar, pero no solo ese día, sino también todos los demás. Era esa forma de mirarnos con inocencia, esas palabras que volvías a releer hasta las tantas de las madrugada para transcribirlas literalmente a tus amigas, que te envidiaban o que enseguida replicaban que lo de ellas era mucho más.

Por eso, los sábados son para pasarlos en casa, con tu chico, preparando una rica comida de esa de las que te dan la receta y experimentas, de las sobremesas en el sofá a base de besos y poca ropa, de meriendas en la cama de ganas de comerte después, de copas y risas, de masajes y baños relajantes y espuma rebosante.

Los sábados son para descansar y desconectar juntos de la semana, para olvidarse del resto del mundo y centrarse en quien tienes delante. Son para perderse entre las sábanas y encontrarse desnudos. Para deleitarse con el abecedario de los besos, aprender el braile de cada poro de mi piel mientras nos miramos con los ojos cerrados.

Siento más de lo que hablo, aunque he de reconocer, que a veces hago como que entiendo lo que digo. En mi defensa diré, que él, me besó primero.

Sobre El Autor

Hijos míos. Estoy Orando intensamente por los orgasmos del mundo entero. Envío #BendicionesOrgásmicas a todos mis discípulos y de esta manera puedan llegar al Clímax Sexo-Espiritual que tanto desean.

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