En nuestro habitual paseo por los pensamientos y las historias que condicionan de alguna manera nuestro actual comportamiento bajo las sábanas. Voy a contar en forma rápida y breve algunos datos de la biografía de san Agustín y la relación que este santo tiene con la sexualidad, así mismo aprovechar la festividad de semana santa para para entablar esta profunda lectura respecto al tema.

Agustín (San Agustín para los cristianos) nació en el año 354 de nuestra era en Tagaste, un pueblo en la provincia romana de Numidia. Su padre era pagano y su madre cristiana. Durante muchos años, Agustín renegó de su formación en el cristianismo hasta su conversión en el año 386, momento en el que se volvió un defensor a ultranza de las enseñanzas de los evangelios. No podemos negar que desde sus primeros años fue un espíritu curioso que indagó en los problemas filosóficos y religiosos de los hombres de su época.

A los veinte años, Agustín conoció a una mujer y vivió con ella más de una década disfrutando y gozando del sexo. Sin embargo, su interés y la atracción que le provocaban el conocimiento, lo hicieron sentirse atraído por las divulgadas teorías maniqueistas de entonces que dividían al mundo en dos reinos, el Divino y el Satánico. Los maniqueos también sostenían que toda actividad sexual contribuía a acrecentar los poderes del Mal. Agustín fue un interesado oyente de las reuniones a las que lo convocaban y adhirió con gusto a estos pensamientos. Aún se recuerda una de sus plegarias famosas de entonces: “Señor, dame castidad, pero no ahora”.

El sexo y los placeres de la carne siguieron interesando a Agustín durante muchos años hasta que vivió una experiencia de conversión, a partir de ese momento, sus reflexiones y pensamientos acerca del mundo, de Dios y, especialmente, de la sexualidad lo convirtieron en uno de los Padres de la Iglesia.

Agustín sostuvo que el deseo sexual era la más impura y sucia de las maldades humanas, una manifestación clara de la desobediencia del Hombre a los designios de Dios.

Para este gran filósofo y escritor, ningún otro placer o deseo del cuerpo tenía el poder de nublar la razón y desarmar la voluntad como el sexo. Se podía charlar amablemente dándose un banquete o discutir ideas con una botella de vino enfrente, pero nada bueno se podría argumentar bajo las oscuras influencias del deseo de fornicar.

Resulta muy interesante observar que Agustín describía al sexo como un monstruo todopoderoso que condenaba al alma humana y al que sólo se podía combatir con una rígida disciplina en la abstinencia. Y aun así, nadie podía estar seguro a lo largo de su vida de haber podido derrotar y vencer a este mal básico y continuo, a este vicio natural con el que los hombres nacemos.

El sexo era, para él, tan sórdido y oscuro que por eso se practicaba en secreto. En los prostíbulos, las rameras y clientes hacían sucios juegos en la oscuridad y, en cada casa, los matrimonios, se encerraban para acostarse juntos.

Pero tras estas afirmaciones y pensamientos se Agustín tras su conversión ¿Qué opinaba un hombre tan importante del Imperio Cristiano acerca del sexo marital?, él afirmaba que los matrimonios podían ser los únicos que mantenían sexo “legal”, sin embargo, marido y mujer no evitaban caer en la vergüenza, porque la vergüenza en el sexo era parte del rito que acompañaba el acto de la fornicación.

No obstante, Agustín y muchos cristianos de su época no olvidaban que, en todo caso, el sexo también era una creación divina y que nuestra anatomía lo necesitaba para la actividad natural de reproducción humana. Por eso, fueron cuidadosos en señalar que no siempre el sexo era pecaminoso si se lo ejercía en determinados momentos y con la persona adecuada.

«¡Suba nuestro Esposo al leño de su tálamo, suba nuestro Esposo al lecho de su tálamo! ¡Duerma, muriendo, y se abra su costado, para que salga la Iglesia virgen, para que, como Eva fue creada del costado de Adán durmiente, así sea formada la Iglesia del costado de Cristo pendiente de la cruz! Herido su costado, “al instante salió sangre y agua” (Jn 19,34), es decir, dos sacramentos gemelos de la Iglesia. Agua con la que la Esposa fue purificada (Ef 5,26); la sangre, por la que recibió la dote. Duerme Adán, para ser creada Eva; muere Cristo, para ser creada la Iglesia» (De Fide et Symbolo IX 21-X 21).

Nos dice el  P. Juan Antonio Ruiz, que San Agustín es muy osado cuando compara la cruz al tálamo nupcial. Pero, justamente por eso, nos deja una profunda y hermosa genialidad. Cuando San Pablo, en su carta a los Efesios dice «por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia» (5, 31-32), se está refiriendo justamente a esto que dice Agustín. El sexo es tan sagrado, tan profundo que es un signo, una representación de lo que Cristo mismo nos ha dado en su acto de amor más excelso: la Cruz. Y es que, en cierta manera, ¿qué realizan los esposos si no es morir a sí mismos dando su intimidad a la otra persona? Y de este “morir”, ¿no sale un nuevo ser, tal y como del costado sangrante de Cristo sale la Iglesia? Por ello, el sexo no puede ser sólo algo que se practica un fin de semana, porque «el eros, degradado a puro “sexo”, se convierte en mercancía, en simple “objeto”  que se puede comprar y vender; más aún, el hombre mismo se transforma en mercancía» (Benedicto XVI, Deus Caritas Est, n. 5). No, la sexualidad debe elevarse a un auténtico acto de amor manifestado en el marco del compromiso serio, del respeto a la intimidad de la otra persona, de la donación recíproca y total. Cristo nos toma muy en serio al morir en la cruz; el ser humano no debería banalizar algo que representa su acto más sublime de donación a la humanidad.

Observar una vida en castidad no era tarea fácil para san Agustín. En sus Confesiones, Agustín terminaría admitiendo que nunca pudo alejarse totalmente de la tentación y que, aun siendo un hombre maduro, lo seguían perturbando los sueños eróticos y las ráfagas de deseo carnal.

Por lo visto, hijos míos, Agustín fue una mente brillante  en muchos aspectos de sus teorías pero a lo que a deseo sexual se refiere la batalla estuvo perdida desde el principio.  Lo importante de toda esta lectura  es saber que  nuestras concepciones, en la medida que vamos evolucionando en conocimiento y creencias, van cambiando de acuerdo a como nos  sintamos en el momento que estamos viviendo, tal como ocurrió con Agustín, un hombre dado a los placeres de la carne y que por una experiencia personalmente espiritual cambio su manera de pensar con respecto a muchos temas, en tal sentido, no escapamos de cambiar nuestras formas de pensar, de evolucionar para bien o para mal, pero las necesidades humanas siempre nos acompañaran en ambos caminos.

Lo que debemos rescatar de todo, es que en la medida que evoluciona los pensamientos,  de la misma manera evolucionan las personas; es evidente que el concepto de san Agustín sobre el sexo, en la actualidad sería muy rechazado, ya que todo su aporte caló en su espacio temporal, muy distinta a nuestra epoca, sin embargo quiero rescatar la importancia que el dá al coito conyugal, un elemento que se ha perdido mucho en nuestros tiempos, el cual se ha centrado solo en el mero acto sexual, y no en la profundidad del mismo, en lo sagrado del amor  para la pareja representado en el coito, y que este en la medida en que se practica de manera consiente unifica a ambos en un amor puro y verdadero, sin embargo creo que el sexo fuera del matrimonio es totalmente normal, difiero en esto con el P. Juan Antonio Ruiz cuando menciona que las personas hemos convertido en un objeto que podemos mercadear, me parece extremista tal afirmación, más cuando conocemos que en el seno de la iglesia existen muchísimos caso de aquellos que no respetan sus votos de castidad, creo en este sentido, que el acto en sí, ayuda a las personas a reconocer sus potencialidades, al autoconocimiento y al reconocimiento de la otra persona, ayuda a alcanzar la madurez sexual propia de los ciclos del ser humano y a su vez potencia la confianza de los mismos, y aunque la biblia mencione que es un hecho solo de hombre y mujer, para mí, el Monje, es una acción realizable según la preferencia de cada cual, esto en el marco del respeto y la libertades propias de cada individuo sin hacer daño a nadie, todo en total conciencia.

Los invito entonces a seguir indagando en el tema y a compartir esta información que sé que es de provecho para muchas personas que buscan ampliar sus mentes con lecturas amenas como estas.

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Sobre El Autor

Hijos míos. Estoy Orando intensamente por los orgasmos del mundo entero. Envío #BendicionesOrgásmicas a todos mis discípulos y de esta manera puedan llegar al Clímax Sexo-Espiritual que tanto desean.

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